El árbol, el niño y yo. Por Alejandra E. Gómez Blackburn.

03/03/2013 

Aún recuerdo ese día: estaba lloviendo a cántaros. Y ahí, cuando escondía mis muñecas de la fuerte lluvia, lo vi. Estaba sentado, pensativo y frente a un enorme árbol.

El árbol, este ser natural, era hermoso. Su hojas eran grandes y de un color verde oscuro. Una belleza única. Sí, única. Quizás los árboles que conocemos, por lo general, son de color verde. Pero éste era diferente. Sus hojas tenían algunas líneas diminutas de color dorado, blanco y azul. Realmente, un espectáculo. Pero no sólo eran preciosas sus hojas: ¡también sus flores! Sí, este árbol estaba lleno de flores poco comunes. Su color era similar al de sus hojas, su centro era dorado y tenían manchas verdes, blancas, azules y amarillas. Eran maravillosas.

Y bueno: entonces, te cuento que lo vi. La primera impresión que tuve de ese chico fue la manera extraña con la que observaba el árbol. No puedo negar lo majestuoso de aquel espécimen verde. Pero, ¡vamos!, ¡estaba lloviendo a cántaros!. ¿Cómo puede alguien preferir mojarse e incluso exponerse a una enfermedad solamente por observar la naturaleza? Mi mente de niña no lo comprendía. Al sentir que caían las primeras gotas de lluvia sobre mí, salí corriendo. Tanto así que se me había olvidado traer a mis muñecas conmigo. Mi madre me insistía siempre en que no me mojara porque podría hacerme daño y dolerme mucho. Algo similar a cuando me quemé con esa colorida y asombrosa cosa naranja que salía de la vela que mi nona tenía en su habitación. Eso que sentí en mi dedo fue una sensación horrorosa. Ahí aprendí lo que era el dolor. Y pues, mi madre me decía que si me mojaba mucho con la lluvia, podía enfermarme y que eso me podía llegar a doler mucho. Incluso más que la llama amarilla de aquella vez. Fue por ello que salí corriendo. Aunque he de admitir que soy una amiga leal, y lo sé por qué no pude seguir corriendo hacia mi casa sin pensar en lo solas y desamparadas en que dejé a mis amigas, las muñequitas Lucy y Tasy. Así que me armé de valor y decidí ir a recogerlas, dando rienda suelta, además, a mi espíritu rebelde.

Y fue allí cuando, por rescatar a mis amigas, lo conocí. Y es precisamente allí donde comienza esta historia.

Al ver que se mojaba, me armé de un valor increíble, tanto que decidí aventurar también la salud de mis muñecas. Salí corriendo hacia donde él estaba. Al llegar, le dije con sorpresa y preocupación a la vez: “¡Oye!, ¡si sigues ahí sentado te vas a enfermar y te va a doler mucho!”.

Cuando dije eso, el niño dirigió su mirada hacia mí y esbozó una sonrisa. Era una sonrisa sincera. Ello me dio a entender que a él no le daba miedo enfermarse ni padecer dolor. Lo sentí tan tranquilo que me sentí abrumada por su extraño comportamiento.

El cielo crujió, como cuando yo pisaba las tablas del piso de mi casa. Pero ese sonido era muchísimo más ruidoso. Se estremecía todo, las flores se encogían, los animales salían corriendo y todo perdía su color. Mis muñecas tenían miedo. Yo lo podía sentir. Recuerdo que el único mechón de cabello que tenía Tasy se mojó mucho. Casi parecía calva. Yo sabía perfectamente que eso le molestaba a ella, porque siempre había sido muy vanidosa con su cabello aunque tuviese poco. Entonces, al ver el triste estado en que se encontraban mis amigas, decidí convencer a aquel niño de que se fuera a su casa y le pedí que me acompañara.

El niño me miró con sorpresa y agachó la cabeza. Luego de unos segundos se levantó del suelo, me agarró de la mano y salimos corriendo hacia un lugar donde hubiera techo.

A la semana siguiente del suceso, volví a pasar frente al majestuoso árbol de aquella colina y cuál sería mi sorpresa cuándo lo volví a ver. Era él, aquel niño de la otra vez. Estaba recostado en el tronco del exótico ser natural de los colores vistosos. Me dio curiosidad verlo de nuevo allí, así que me acerqué a hablarle. Cuando estuve frente a él, me percaté de que el niño dormía plácidamente. En ese momento, debo admitir que sentí paz. Mucha paz. El viento jugaba con las hojas del árbol y el árbol protegía al niño de los rayos del sol. A veces me daba la sensación de que el árbol le interpretaba al niño una canción de cuna con un tenue susurro.

Entonces decidí dejarlo descansar y alejarme del lugar.

A la semana siguiente, volví al lugar con la esperanza de encontrar de nuevo a ese extraño niño y preguntarle muchas cosas sobre ese maravilloso árbol que tanto él admiraba.

Cuando llegué los volví a ver. Tanto al árbol como a él. Sí, el niño jugaba en las enormes raíces de su amigo. Sujetaba un carro en una de sus manos y hablaba solo. Ese detalle me pareció aún más raro que los otros que había estado observando en él. ¿Hablar sólo? Acaso, ¿no se necesita a otra persona que le responda a uno para poder hablar? Nunca había conocido a alguien que le hablara a un carro y tampoco yo lo había intentado. Mis muñecas me aportaban más de la filosofía de la vida que un carro, que carecía de una boca para hablar. De un momento a otro, el niño se percató de mi presencia en el lugar y me dirigió de nuevo, como aquella vez, una sonrisa. A pesar de la extrañeza con la que lo observaba, le devolví la sonrisa y caminé hacia él. Cuando estuve cerca de él le pregunté qué hacía en ese sitio. El niño me volvió a sonreír y no dijo palabra alguna.

Observé de nuevo el árbol y me percaté del maravilloso estado en el que se encontraba. Sus hojas, sus flores, su tronco, sus raíces, todo él, ¡TODO EL ÁRBOL EN SU TOTALIDAD ERA MAJESTUOSO!

Mis visitas al sitio donde se encontraba plantado el singular árbol y en el cual parecía permanecer el silencioso y sonriente niño se convirtieron en rutina. Cada semana volvía de nuevo al lugar y observaba el árbol durante un rato. De paso, seguía llenándome de curiosidad la actitud misteriosa del chico.

Hasta que llegó ese día: sí, ese día. El día aquel en el que llegué al lugar y no lo encontré. El niño no estaba. Me quedé unos minutos observando el árbol solitario y luego regresé a casa. Fue allí donde recibí la noticia. Mi madre me informó que debíamos emprender un viaje a otro país: nos debíamos mudar debido al trabajo de mi padre.

Así lo hicimos.

En el extranjero duramos cinco años.

Al regresar a mi país natal -cinco años después-  se me ocurrió la fascinante y loca idea de visitar a mi amigo verde y recordar viejos tiempos.

Aunque ya no era una niña pequeña y mis amigas las muñecas ya me habían abandonado, aún mantenía en mí el asombro que tienen los niños.

Llegué a la colina, busqué el árbol y mi vida perdió un poco de su color cuando lo vi. El árbol ya no era hermoso como antes, su color era opaco, no había flor alguna en él y lo percibía feo. Era increíble: antes lo veía como un especimen tan impresionantemente hermoso y ahora lucía horrible y enfermo.

Mientras miraba el triste cuadro de su padecimiento, varias lágrimas se escaparon de mis ojos y se deslizaron suavemente por mis mejillas.

Y así siguió mi amigo verde a lo largo de varias semanas. En un deprimente lamento.

Yo volvía al lugar para visitarlo. Pero él apenas lloraba. Lo sentía en el ambiente, sus hojas ya no danzaban de la misma manera hermosa con el viento, se veían pesadas y lentas. La belleza de ese impresionante ser natural se había ido. Y  su situación me lastimaba, lenta e imperceptiblemente, el corazón.

Mis labores académicas empecé a desarrollarlas sentada sobre sus raíces y allí solía quedarme dormida. Algunas veces me despertaba una pequeña llovizna, pero no era duradera, así que interpreté que era él, mi amigo verde, que estaba llorando. Se sentía en su aura y en su esencia. Me estaba participando su tristeza y mi alma y mi cuerpo seguirían acompañándolo por mucho tiempo más. No lo iba a dejar solo nunca. No lo volvería a dejar solo en esa oscuridad. Yo sería su luz. Siempre.

…Varias semanas transcurrieron…

Fue ese día. Yo estaba en la sala viendo televisión cuando mi madre entró y puso el periódico sobre la mesa que estaba frente a mí. Algo en mi interior me dijo que lo agarrara en mis manos y lo leyera. Eso hice, aún lo recuerdo. Lo tomé entre mis manos, me resguardé en mi cuarto y comencé a leer. Y ahí estaba él. Su fotografía como uno de los titulares de la semana. Era el niño aquel. Había muerto de una misteriosa enfermedad. Había fallecido una semana antes de que yo llegara de nuevo a la ciudad. Ahora lo comprendía todo. Era por él que mi amigo verde se estaba muriendo, ¡por eso era que mi amigo verde lloraba! Incluso cuando mis esfuerzos para remediarlo eran inútiles.

Ese día lloré. Lloré como nunca antes lo había hecho. El niño se había ido a otra dimensión desconocida y se llevaba junto a él la vida y la alegría del árbol. En esos momentos, mis padres se hallaban ocupados viendo una película.  Me sequé las lágrimas y decidí ir a ver a mi amigo verde de nuevo.

Recuerdo que salí corriendo lo más rápido que pude y cuando iba a mitad del camino comenzó a llover a cántaros, como la primera vez que los vi.

Llegué a la colina y cuando decidí correr cuesta arriba me resbalé y me golpeé un poco fuerte. Debo admitir que me hice un morado un poco grande y que, además, me raspé. Pero eso no iba a evitar que fuera hacia el árbol. Nada me impediría en ese momento llegar a él. Me despedí del suelo y me levanté con energía. Seguí subiendo la colina.

Y ahí estaba, opaco y triste como lo había dejado la última vez que lo visité. Tenía escasas hojas y no se asomaba ninguna flor. Como siempre, me senté en sus raíces. El aguacero arreció y en un instante el cielo se iluminó por la fuerza de un rayo que cayó en la lejanía. Debo admitir que me asusté mucho. Desde niña les he tenido miedo a los rayos. Presa del temor, abracé el tronco moribundo y lloré de nuevo. Tenía miedo de enfermarme y de que me doliera. Tenía miedo de la luz inesperada de los rayos y del sonido estruendoso de los truenos. Tenía miedo de que el árbol muriera por completo y me dejara sola. Mis lágrimas se confundían con la lluvia. Y ahí fue cuando dije lo que dije. Pensé de inmediato en el niño y en su sonrisa sincera. En los días aquellos en los que el árbol era un ser maravilloso y hermoso. Recordé cuando el niño me tomó de la mano y salimos juntos corriendo para protegernos de la lluvia. Recordé cuando era feliz. Y en ese instante, pensando en aquel chico, dije en voz alta: ¡ayúdame!, ¡no me dejes por favor!, ¡dile a mi amigo verde que no me deje! ¡Les tengo miedo a las tormentas, me voy a enfermar!, ¡ayúdame por favor, no me dejes!

Y allí sucedió. Fue un suceso extraordinariamente mágico. La tormenta siguió cayendo pero, ¡yo ya no me mojaba! No entendía por qué, si aún escuchaba la lluvia y la veía frente a mí.

Dirigí mi mirada hacia mi amigo verde y… ¡fue increíble! Mi amigo verde estaba repleto de hojas, su tronco tenía de nuevo su color, al igual que sus flores. ¡Volvía a ser como antes! Como aquel lejano día, hacía cinco años atrás. Los rayos caían a lo lejos y se iluminaba todo. Él árbol poco a poco iba creciendo y llenándose de hojas e iba abrazándome poco a poco. Acepto que el miedo se alejó de mí. Me sentí protegida. Y lo sentí, sentí su cariño. Él estaba alejando la lluvia y el frío de mí. Sus hojas eran cálidas.

De repente, mis ropas comenzaron a secarse y ya no me sentía húmeda. Unas flores hermosas que venían de mi amigo verde reposaron  en mis piernas lastimadas y sentí alivio. Ya no sentía dolor. Las raspadas y el morado habían desaparecido.

Cayó otro rayo a la distancia y el trueno se hizo sentir. Me sobresalté un poco. Y ahí, en ese instante, lo escuché. El niño me habló a través del susurro del viento y me dijo: “No temas, no te dejaremos sola”.

Ahí lo comprendí todo: ¡Aquel chico de la sonrisa sincera y mi amigo verde eran uno! ¡Y estaban vivos: ambos me protegían de la tormenta!

Y ahí en ese instante, el niño exclamó: “No llores por mí. Me siento muy feliz porque logré lo que quería ser”.

Al escuchar lo que dijo le pregunté qué era aquello que siempre había querido ser. Ante mi pregunta, él respondió: “Yo siempre quise ser un árbol”.

¿Un árbol? Le pregunté. ¿Por qué un árbol?.

Recuerdo aún sus palabras, lúcidas y sinceras, con un toque especial de magia y poesía. Esto fue lo que me dijo aquella lejana tarde:

“Siempre quise ser un árbol porque así podré seguir siendo útil aún después de ido. Porque los árboles resisten los elementos y simbolizan esperanza. Porque los árboles dan sombra y dan frutos, dan flores, sirven de hogar a aves. Seré árbol porque mis raíces, entre más profundas, propiciarán que mis ramas sean más altas y mis hojas más verdes. Un árbol es vida. No quiero mausoleos, fríos cementerios o estériles urnas. Quiero un árbol que eche sus raíces tan fuertes que ni el mismo fin del mundo lo pueda arrancar, así como el amor que tendré por mi amada. Quisiera ser un árbol. Y que mi amada también deseara serlo. Y que mis hijos, si la existencia de esta Tierra da para tanto, también lo sean. Más aún, que las flores del árbol de mi amada fuesen polinizadas por mi árbol y que los de mis hijos sean semillas de ambos. Seríamos un jardín, el recuerdo y la continuación de algo bello, puro y grande”.

Y así comprendí que mi querido amigo, el niño, había realizado su sueño anhelado. Ahora era un árbol, un hermoso, enorme y maravilloso guardián de los bosques.

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Una respuesta a El árbol, el niño y yo. Por Alejandra E. Gómez Blackburn.

  1. valdez dijo:

    Es una excelente historia llena de veracidad, en lo particular a mi me molesta mucho cuando las personas derriban los arboles solo porque la casa que ahora tienen no les luce debido a que el arbol tapa su fachada o porque tira muchas hojas y se enfadan de barrer. tenemos que cuidar nuestro medio ambiente, si en cada casa hubiera un arbol nuestro mundo no sera lo hoy es…nos estamos matando lentamente.
    ¡CUIDEMOS NUESTRO ENTORNO!

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